El Bosque Esclerófilo Mediterráneo Costero está amenazado

Conocer para conservar. El bosque esclerófilo mediterráneo costero es uno de los ecosistemas peor representados en el sistema nacional de áreas protegidas de Chile y, paradójicamente, también uno de los menos comprendidos en su funcionamiento ecológico actual.

BOSQUE

Alexandra Alvarado

5/11/20263 min leer

Menos del 3 % bajo protección estatal: el bosque esclerófilo mediterráneo costero y la urgencia de la conservación privada en Chile central

Hay un dato que debería ocupar más espacio en las conversaciones sobre biodiversidad chilena: el conjunto del bosque esclerófilo mediterráneo costero —el ecosistema característico de la Cordillera de la Costa entre el sur de Coquimbo y el norte del Biobío— tiene una representatividad de apenas 2,77 % en el Sistema Nacional de Áreas Silvestres Protegidas del Estado (SNASPE). Y dos de sus tres pisos vegetacionales están clasificados En Peligro.

Este es un ecosistema endémico de Chile central, parte de uno de los 36 hotspots de biodiversidad del planeta (Myers et al., 2000; Arroyo et al., 2004). Comparte clima mediterráneo con apenas otras cuatro regiones del mundo —la cuenca del Mediterráneo, California, Sudáfrica y el suroeste de Australia— pero su flora y sus procesos evolutivos son únicos. Sin embargo, es probablemente el ecosistema mediterráneo menos protegido del país en términos formales y, simultáneamente, uno de los más expuestos a la presión humana.

Qué es y dónde está

Es un bosque dominado por especies siempreverdes de hojas duras —esclerófilas— adaptadas a soportar cinco a siete meses sin lluvia significativa. Litre (Lithraea caustica), peumo (Cryptocarya alba), boldo (Peumus boldus), quillay (Quillaja saponaria) y molle (Schinus latifolia) son sus especies estructurantes. Se desarrolla principalmente en laderas occidentales de la Cordillera de la Costa, en quebradas con mayor humedad y en sectores influenciados por neblinas costeras (camanchaca), desde el nivel del mar hasta cerca de los 1.300 msnm.

En la sinopsis bioclimática y vegetacional de Chile (Luebert & Pliscoff, 2017) se reconocen tres pisos asociados:

  • Cryptocarya alba – Peumus boldus: variante más húmeda; 3,66 % protegido en SNASPE (Vulnerable).

  • Lithraea caustica – Cryptocarya alba: variante intermedia, hacia condiciones más secas; 2,05 % protegido (En Peligro).

  • Lithraea caustica – Azara integrifolia: expresión más austral con mayor influencia oceánica; 1,90 % protegido (En Peligro).

Los tres muestran proyecciones de contracción de su superficie potencial al horizonte 2040–2070 bajo escenarios de cambio climático.

Las amenazas son acumulativas, no aisladas

Estamos ante un ecosistema sometido simultáneamente a expansión urbana en sectores periurbanos y costeros, conversión agrícola, incendios forestales —que han aumentado en frecuencia e intensidad—, expansión de especies exóticas invasoras y un escenario climático que la literatura ya describe como megasequía (Boisier et al., 2018; Garreaud, 2018; Miranda et al., 2017). El resultado en el paisaje es visible: parches pequeños y aislados inmersos en una matriz de uso intensivo del suelo, con todos los efectos asociados a la fragmentación —pérdida de conectividad, limitaciones a la dispersión, efectos de borde, mayor vulnerabilidad a perturbaciones.

Cuando las perturbaciones superan los umbrales de resiliencia, la trayectoria típica es bosque → matorral esclerófilo → espinal de Vachellia caven (Fuentes et al., 1984; Armesto et al., 2007). La recuperación natural es posible pero lenta: décadas, en algunos casos siglos. Y depende de factores que se están deteriorando: disponibilidad de propágulos, condiciones climáticas, ausencia de invasoras, integridad del suelo.

Necesitamos más áreas protegidas privadas en este ecosistema. Y necesitamos ciencia, redes y voluntad institucional sostenida en el tiempo.

Por qué la conservación privada es indispensable

En la Región de Valparaíso, solo el 4 % de la superficie corresponde a terrenos fiscales (Ministerio de Bienes Nacionales, 2019). Es decir: la conservación a escala territorial pasa, sí o sí, por la articulación con propietarios privados. La Ley N° 20.930 creó en Chile el Derecho Real de Conservación (DRC), instrumento que permite gravar perpetuamente un predio con limitaciones destinadas a su protección ambiental, con una organización garante que supervisa el cumplimiento.

El DRC no reemplaza al SNASPE ni al SBAP. Lo complementa donde el Estado, por estructura de tenencia y por escala, no puede llegar. Es ahí donde se juega buena parte de la conservación efectiva del bosque esclerófilo mediterráneo costero.

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